domingo, 25 de diciembre de 2022

LA EDAD MEDIA S XI, XII, XIII

 LA ALTA EDAD MEDIA. S XI, XII, XIII

 Las tres primeras cruzadas

Pedro el Ermitaño fue un exaltado de las masas oprimidas, de siervos extenuados, de vasallos en pésimas condiciones por los eternos conflictos entre los nobles y las guerras que destruía sus magros cultivos: los lideraba el espíritu de aventura evangélico.

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Cosechas pésimas, hambruna y peste en diferentes lugares. Las cruzadas fue un elevar la mirada de la tierra hacia el lejano Oriente, por donde despierta el sol. Conocer el Santo Sepulcro era una meta en la vida y al coser la cruz roja en la túnica pasaban a ser  iniciados de una nueva vida llena de aventuras.

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Pedro el Ermitaño reunió  casi diez mil cruzados entre hombres, mujeres y niños. Todos deseaban liberar Jerusalén.  Por la ruta vivieron de la caridad pública y  muchos murieron por el camino. Quienes llegaron a Constantinopla  fueron llevados por barcos bizantinos a Asia menor y fueron aniquilados por los turcos.  La nobleza también reclutaba ejércitos de cruzados, pero de 60.000 sólo 10.000 normandos poseían armas;  estaban ávidos de peleas y del deseo de encontrarse con los bizantinos para crear un nuevo reino en Oriente.

Entre los caballeros franceses, Godofredo, duque de La Baja Lorena, encabezaba un ejército. Raimundo,  ese mismo año, inauguró la ruta por Asia hasta alcanzar Siria. Una cruzada  arrolló el poder de los turcos y restableció  la autoridad del emperador romano de Oriente; en otoño cruzó y sitió Antioquia, al norte de Siria, cercada por el sultán, aunque lo vencieron y se hicieron con un enorme botín de guerra.  Ésta fue la más brillante acción de los cruzados. 

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Llegaron a Jerusalén, asediaron la ciudad, construyeron torres móviles y máquinas especiales para hacer boquetes en el extremo de la muralla, mientras Raimundo forzaba la puerta de Sion: faltaba la torre de David. Los cruzados finalmente vencieron y  se llevaron el oro, la plata, los caballos,  las mulas y saquearon las casas. Después fueron a llorar de felicidad frente al sepulcro de Jesús.

Al octavo día deliberaron  el modo de gobernarla. Ofrecieron a Godofredo el trono, pero el duque se negó a llevar la corona, donde Cristo se ciñó la de espinas. Fue nombrado gobernador y defensor del Santo Sepulcro.

Segunda Cruzada

En  los combates pelearon con coraje  para terminar siendo señores en Tierra Santa; en la guerra eran violentos y tolerantes, en la paz.  En la Edad Media los racistas no existían. Peleaban contra el musulmán pero lo consideraban un igual. Tenían  mujeres  sirias, armenias o sarracenas bautizadas.  Lo mismo sucedía en  los tres siglos de lucha y convivencia hispana-musulmana, en la Península Ibérica.  El reino de Jerusalén,  por la división en Islam, necesitaba defensores nuevos.

Veinte años más tarde de su liberación, algunos caballeros franceses hicieron votos de pobreza, castidad y obediencia, jurando defender la Ciudad Santa. Se llamó la Orden de los Templarios y su divisa fue: “a vuestro nombre sea concedida  la gloria”. Se expandieron velozmente, gracias a las donaciones de la nobleza hasta alcanzar veinte mil caballeros valientes, llenos de amor al prójimo. Adquirieron bienes en Occidente y Palestina y sus rentas entraban por millones. Con el tiempo fueron los banqueros más importantes de su época.

Bernardo de Claraval

Medio siglo después de la primera cruzada, tuvieron problemas los cristianos en Siria, que se apoderaron de las tierras. En Francia reinaba Luis VII,  dinastía de los Capetos, sucesores de los Carolingios,  quien hizo voto de ir a Jerusalén; era muy piadoso y  se alistaron -gracias a sus palabras y entusiasmo- nuevos ejércitos dispuestos a partir. En Alemania convenció a los nobles de la Casa de Hohenstaufen a partir con él. Conrado fue en la segunda cruzada lo que Pedro, en la primera.

Llegaron a Constantinopla. El emperador de Bizancio los empujó a Asia Central a un encuentro con los turcos; los alemanes fueron derrotados y los turcos los persiguieron. Se salvó Conrado y un pequeño grupo de cien hombres, al Sur de Constantinopla; llegaron agotados a Jerusalén. Fracasando en el intento de apoderarse de Damasco,  regresaron ambos a sus países.  Bernardo, luego santificado, fue culpado y ultrajado. Se defendió aludiendo que la causa fue la poca fe de los peregrinos.  Hasta su muerte -en 1153- predicó el triunfo de la cruz sobre la media luna  turca.  Una generación pasaría antes de organizar la tercera.

El Sacro Imperio Germano y el Pontífice: S XII 

En 1125  finaliza la dinastía de los francos. Conrado III  tiene doce años y es coronado rey de Germania. Con él ocupó el trono  los Staufen, tercera dinastía imperial desde Carlomagno. El emperador Enrique IV le cedió a su hija  el ducado de Franconia. Tuvo que luchar contra el poder de los nobles. El fracaso de la segunda cruzada lo dejó quebrantado y tres años más tarde  murió.

Dejó a su sobrino Federico -hijo de su hermano, Federico Barbarroja- como sucesor; fue rey a los treinta años; hombre sano, fuerte, equilibrado, con talento y energía, capaz de poner fin a las guerras civiles entre los vasallos, ávidos de poder. Fue el ideal caballeresco de su tiempo; hasta los sesenta años participó de torneos. Se rodeó de personas capaces y el clero le fue fiel. Siguió el ejemplo de Carlomagno con su política extranjera, con gran interés por los problemas de Italia. Deseaba convertir la Lombardía en una ciudad pródiga y restablecer su autoridad. Al igual que en la época Carolingia, al Santo padre lo amenazaban los enemigos en su propia ciudad.

La Marcha sobre Roma

Al mando del ejército de caballeros, elegidos en Alemania y Borgoña, país de su mujer, Federico  fue a Roma para defender al Pontífice. Al pasar por la región de Lombardía  y Milán, inspiró  temor en las ciudades con sus ejércitos. En  ese viaje elaboró el célebre código de disciplina militar.

En Roma subió Adriano IV- único papa inglés- y a Federico no le gustó la elección. El partido republicano intentó tener como aliado al emperador. Para ellos, el rey de Alemania sostenía una misión noble; era sacudir el yugo pontifical y resucitar el glorioso pasado de Roma, con el fin de poder dominar al mundo. Si el emperador lo lograba, lo proclamarían Augusto y además  le otorgarían una suma importante de dinero, si juraba respetar su libertad y privilegios.  El rey   no estaba protegiendo con su espada a los romanos sino el orden y la ley de la ciudad, que pertenecía a Alemania, no gracias al  Senado sino por  derecho  por las hazañas de Carlomagno y Otón el grande.

Federico no quería comprar la corona imperial ni comprometerse con Roma. Se mostró  aliado del Pontífice, digno de socorrerlo y defender la iglesia romana. Fue  coronado en la Basílica de San Pedro -en 1155- y regresó a su país. 

Las ciudades del Norte estaban en conflictos con Milán, mientras las más septentrionales se mostraron fieles como Pavia, Cremona,  Lombardía . Cuando Milán amenazó  someter esa región, el emperador realizó una expedición a Italia; pasó los Alpes con su ejército poderoso. Quería dominar el orgullo de los milaneses, y poner fin a las guerras civiles; convocó a una dieta; proclamó un edicto de paz obligatorio en las tierras lombardas: la milicia debía jurar respetarlo; si no lo hiciera, se los castigaría con multas y la confinación de sus bienes.

Los derechos de aduana y los derechos reales de las ciudades pertenecían al emperador. Pero no fue fácil ejecutar las órdenes en un país de exaltado. Hubo descontento y resistencia cerca de Cremona, que tuvo en vilo al ejército imperial. Federico mandó arrasar la ciudad y luego tornó su mirada hacia Milán. Intentó vencerla por el hambre: los antiguos aliados de Milán se rebelaron contra la autoridad imperial. El pontífice Adriano IV se enemistó con el emperador. Federico se hizo de enemigos y ni el Papa ni el emperador se necesitaban. Adriano IV intentó romper las relaciones con él y lo contrariaba ex profeso, pero murió de repente. La Santa Sede siguió enemistado con él y   el nuevo pontífice, Alejandro IV, lo excomulgó; era un estigma, aunque el emperador no era religioso.  Dolido, dio orden de saquear la ciudad y la gente tuvo que abandonar sus hogares. La ciudad quedó  devastada, salvo los templos y parte de la muralla.  La región Lombarda  se sometió  a Alemania

Los  Hohenstaufen

Federico II, emperador de Alemania y de Sicilia,  una de los tres grandes   emperadores germanos que vino cuatro siglos después de Carlomagno y tres siglos antes que Carlos V. Ni Carlomagno era totalmente franco mientras Federico II era semi- normando y Carlos V un semi- español.  Nació en el Mediterráneo y sus abuelos fueron el germano Barbarroja y el normando Roger II. Su padre que pertenecía a la dinastía de Hohenstaufen se casó con la hija de Roger y unieron de ese modo la herencia de Italia del Sur  hasta Sicilia con la de su padre que abarcaba desde Dinamarca hasta los reinos del Norte de Alemania; su padre tenía grandes proyectos que una muerte prematura truncó. La madre regresó a Sicilia con el heredero pero, a  dos años después, Federico, de cuatro años, quedó huérfano y su educación estuvo sorpresivamente en manos del Papa Inocencio, quien deseaba restringir  el poder de su pupilo solamente a la herencia de Sicilia e instalar otro soberano en los Estados alemanes  pues Roma, se sentía cercada por  el norte y por el Sur.

Federico fue admirado de niño por sus dotes, no olvidando el recuerdo de la revuelta de Sicilia, siendo  a su vez víctima de los normandos o de los alemanes, cualquiera fuese el partido que estuviera en el poder.  Los germanos deseaban enriquecerse en el Sur italiano y para ello necesitaban del heredero. Los sicilianos aborrecían a los alemanes, aunque ellos mismo eran también mezcla de normandos y sarracenos.

En alguna moneda antigua vemos representada su imagen de rasgos enérgicos, meridionales, con una cabellera rubia rojiza y mirada de miope. Casado  con una princesa de Aragón  a los quince años, fue padres a los diez y seis y a los diez y ocho partió disfrazado con el fin de conquistar Alemania en poder de un rival del Norte. Pasó a ser el Señor de toda Alemania a los veintiséis años; sin ejército y sin ayuda del Pontífice fue Emperador romano y su hijo, menor de edad fue proclamado Rey de Alemania.

Muere Inocencio, lo cual favorece su posición. Federico prometió una cruzada al nuevo Papa, antes de su coronación, si le cedía el reino de Jerusalén. Como no cumplió su promesa en el tiempo indicado, fue excomulgado.

Federico era culto, hablaba siete idiomas entre ellos el árabe; tenía una fuerte voluntad junto a la fatalidad islámica, pueblo al cual admiraba. Tenía gran pasión por la caza con halcones –escribió incluso un libro sobre el tema con detalles casi aristotélicos e incluso un capítulo de cómo dormían esas aves; meditaba cada acción y su gran sentido del humor era valorado. Maestro en el arte de vivir, se anticipó dos siglos al Renacimiento. Era tolerante; implantó varias leyes que defendían a la mujer y a los niños. El marido no podía asesinar a su mujer por causa de infidelidad y protegía a su vez a las mujeres de la calle.

Con un pequeño ejército fue a Jerusalén y en una hora llegó a un acuerdo con el sultán de tolerancia entre ambas religiones. Se hizo hacer una corona y se coronó él mismo frente a los pacíficos musulmanes; miles de hombres lo aplaudieron, mientras el Papa perdía partidarios. Regresó y desembarcó en Brindis; el Papa se apresuró a devolverle en el acto tierras que le había usurpado en su ausencia y anuló la excomunión. Federico II lo recibió con una gran fiesta.

No querido como extranjero normando, mientras en Italia se rebelaba por su descendencia de los Hohenstaufen, luchó hasta el momento de su muerte. Fue fundando el primer Estado moderno. Tenía dos consejeros totalmente opuestos durante años; uno era flexible, el otro no. Se ocupó de alojar a los estudiantes en las Universidades, que se enseñara en las Matemática y Ciencias naturales, ambas de origen árabe. Medicina se estudiaba en cinco años y luego se la debía ejercer, siendo ayudante de un médico capacitado. Debían atender a los pobres de forma gratis y visitar a los enfermos graves dos veces por día. Se podía disecar cadáveres cada cinco años (hasta el momento prohibido por la iglesia). Les cedió a los científicos un barco propio. Arrojó un vaso de oro al fondo del océano para que un buzo dijera lo que veía en el fondo. El sultán de Damasco le envió un sistema planetario en oro y afirmó que nada –salvo su hijo- le había dado más placer. Se mantenía en contacto con un judío sabio de Toledo, a quien lo alentó para crear una enciclopedia árabe. Hizo traducir un libro al latín y otro, al hebreo. Fundó una escuela de poetas que escribían en italiano, Le gustaba experimentar. Invitó a cenar  opíparamente a dos hombres y a uno lo envió a cazar y al otro a dormir para llegar a la conclusión que el reposo era mejor para la digestión. Le encantaban los animales, en especial las aves. Además de la cetrería, construyó castillos. Cerca de Lucerna creó una colonia y una mezquita para 40.000 sarracenos. Le gustaba vivir en el castillo de Apulia. No fue a Oriente para quitarles sus riquezas sino trajo astrólogos y alquimistas, poetas y trovadores de Arabia. Sin embargo creía en la inmortalidad. Lo excomulgó  más por un problema político que religioso. El Papa apoyaba un rival en Alemania pues temía  tanto poder junto a quien consideraba el anticristo. Federico lo supo en un viaje por Italia y por primera vez perdió la calma. Propuso  entonces a los príncipes confiscar las propiedades eclesiásticas, lo cual fue muy bien aceptado pero no pudo llevarse a cabo porque no vivió lo suficiente. Fue la peor crisis de su vida. 

En su diario se encontraron decretos contra la destrucción de los bosques, la vestimenta y el salario para el halconero o los domadores de leopardos, el modo de adiestrar a los esclavos negros para hacer música, una plantación de dátiles para los judíos que vivían en Palermo, un palomar para su palacio en esa ciudad y hasta los condimentos que se usaban en sus platos favoritos. Similar a Da Vinci dejó varias obras sin terminar. Su época no estaba preparada. Reinó durante cuarenta años, aunque su imperio no quedó asegurado. Sus hijos legítimos y naturales murieron poco a poco y las batallas pusieron fin a  la dinastía de los Hohenstaufen; su último hijo legítimo terminó asesinado en Nápoles.  

El Papa se oponía a la unión de Alemania y Sicilia. Enrique VI se  casó con Constanza, que heredó Sicilia,  pero a los pocos años  su mujer se fue a vivir a la isla con su hijo. 

Otón, que le había usurpado Germania,  abdicó a favor de Federico II.  Pero en pocas semanas se adueñó de nuevo de Alemania con la ayuda pontificia y de Felipe Augusto,  rey de Francia. Otón, hijo de una hermana de Juan sin Tierra, contaba con el socorro de Inglaterra. Pero Otón murió. Durante varios años Federico se ocupó de Alemania; fiel a Carlomagno, cumplió con su deber; luego se despidió de los germanos y regresó a Sicilia para ser coronado emperador.  

Ordenó económicamente su reino, deseando un Estado poderoso. Les proporcionó fuentes de recursos directos e indirectos, mediante monopolios y concesiones. Se rodeó de sabios y poetas. La corte se convirtió en una especie de Academia. Su pasión por la cetrería lo llevó al estudio de la zoología, con observaciones sobre el arte de la caza, con ayuda de las aves. Tenía un zoológico privado con animales exóticos que traía de sus viajes; hizo florecer la escuela de medicina de Salerno, influida por la ciencia griega y árabe.

Federico formó parte de la Sexta cruzada; Inocencio III deseaba un resultado mejor que en la Cuarta, pero el emperador aplazaba la ida, año tras año.  Finalmente partió. Se casó con la hija del rey de Jerusalén, que le aportó la corona real de Tierra Santa aunque  fueron diezmados por la peste. El emperador se enfermó y debieron detenerse. Impaciente,  el nuevo Papa Gregorio IX  lo excomulgó. Estando Federico en Siria, el Papa promovió además disturbios en Alemania e Italia contra Federico. La liga Lombarda desde Milán tuvo como aliada al Pontífice: Cremona  era aliada del emperador.

Desde Siria llegaron las noticias de las victorias imperiales. El Papa invadió Sicilia  y socorrió a los lombardos, anunciando que el emperador había muerto.

El sultán egipcio, hijo de Saladino, le cedió a Federico Jerusalén, excepto dos mezquitas.  Pudo liberarlas y triunfo por mérito propio.  Llegó a Italia y, con su habitual diplomacia, abrió el camino de las negociaciones para que le   levantara la excomunión. Gregorio IX debió aceptar: firmaron la paz. 

El emperador recopiló las leyes de Sicilia en una Constitución. Transformó los estados feudales en una organización política estatal, que tuvo un profundo influjo sobre otros países de Europa. Estas leyes reconocían los derechos de los pobres y menesterosos antes la sociedad y los derechos del Estado hacia ellos; protegía a las viudas y huérfanos; prohibía el rigor de los ricos sobre los siervos, que  ahora tenían derecho de defenderse ante un tribunal; puso fin a los caprichos de los feudos, aboliendo la servidumbre en sus tierras y, quienes lo deseaban, podían instruirse. Actúo sin piedad con las personas que engañaban al prójimo.

Luego partió  a Alemania. Enrique, de veinte años, se postró ante su padre. No se veían desde que Federico dejó Alemania para ser coronado emperador. Tenía diez y seis años de diferencia con su padre. La paz con Alemania fue fácil, no así en el norte de Italia, donde las ligas lombardas de nuevo se rebelaron, aunque Federico obtuvo  una aplastante victoria.  Antes de levantarle la excomunión, el Pontífice exigió que evacuara los Estados pontificios. El emperador no  aceptó  y  el  papa Inocencio III, huyó a Lyon. Proclamó que el emperador había intentado asesinarlo y la excomunión pasó a su descendencia también. Federico sufrió la calumnia. Hubo un intento de matarlo junto a su hijo preferido, Enzo, su mayor apoyo en los combates. El veneno fue dado por el médico, pero Federico fue advertido a tiempo.

Enzo en cambio fue hecho prisionero en Bolonia con gran parte de su  ejército. Estuvo veintitrés años tras las rejas hasta su muerte. Alemania estuvo gobernada por Conrado, hijo  de Federico  con Isabel, -hija del rey de Jerusalén-. Alemania terminó con su poder germánico, pues el Papa fue el vencedor.  Sus tres  mujeres murieron jóvenes. Ideó una nueva campaña a Lombardía -a mitad de ese siglo- donde varias ciudades se sentían aliadas al emperador. Sin  embargo, una enfermedad  terminó con su vida, a los cincuenta y dos años.

Conrado IV y el problema de Sicilia

Inocencio IV, feliz con la muerte de Federico II, regresó a Italia. Conrado IV era el hijo mayor de Federico y vivió siempre  en Alemania. Su medio hermano debía defender el reino de Nápoles y Sicilia; Manfredo tenía diez y ocho años y los defendió con energía.

Conrado IV llegó a Sicilia para tomar el gobierno. Inocencio IV se apuró a levantar las ciudades lombardas en su contra e incluso les prometió tropas.  En Sicilia  encontró  un rival enemigo en el rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León.

Muere Conrado IV a los veintiséis años. Su  hijo tenía  dos años. Manfredo, hermano de Conrado IV, se proclamó rey de Nápoles y Sicilia. No quería depender de su sobrino.

Urbano IV fue nombrado Pontífice, siendo un enemigo  de los Hohenstaufen. Encontró un rival en Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia y fue coronado en la Basílica de San Pedro.  Muere Manfredo en la batalla de Benevento, traicionado por sus vasallos.  La reina muere  prisionera y sus tres hijos fueron encadenados. A los treinta años les quitaron las cadenas pero siguieron prisioneros;  diez años más tarde murieron.

Conrado  y Carlos d'Anjou

Muerto Manfredo, nadie pudo enfrentarse con el invasor y Carlos entró victorioso a Sicilia, que se doblegó sin resistir. Fue gobernada por un grupo que sólo deseaba sacar provecho y riqueza de esa isla. Carlos tenía la esperanza de apoderarse de toda Italia. El Papa estaba en desacuerdo con la  crueldad contra los sicilianos y  los napolitanos; a Carlos   sólo le interesaba Italia, como base de sus futuras conquista; su sueño demencial era apoderarse también de Constantinopla para lograr la corona imperial de Oriente.

Sicilia y Nápoles contra los germanos.  Francia contra Aragón

Conradino, francés de diez y ocho años,  se puso al frente para destronar al usurpador. La mayoría lo aceptaba, pero en Nápoles fue derrotado. Huyó,  fue perseguido y  decapitado. Inspiró a varios poetas y fue tema de varias tragedias. Su muerte puso fin a los  Hohenstaufen y también  al imperio romano en Oriente. El castigo por la muerte de Constantino no se hizo esperar. La ira colmó el odio contra los franceses, que finalmente estallaron y se levantaron.

Carlos d' Anjou se enteró, pero Sicilia pidió ayuda a Pedro III de Aragón, en España, que planeaba ir a Sicilia para recibir la corona ofrecida, donde  fue aclamado con alegría. El pueblo se sublevó contra Carlos, dando muerte a los franceses. Lo mismo  sucedió en Nápoles. Carlos VII murió a los sesenta y cinco años.

Pedro de Aragón  enfrentó una invasión francesa donde salió vencedor. El rey francés murió cuando regresaba a su país.  Pedro de Aragón murió al año siguiente. Su hijo Alfonso III quería abandonar Sicilia. Su hermano y sucesor  quería conservarla y luchó contra el hijo de Carlos d'Anjou. Tuvo que cederla. La Santa Sede se reconcilia,  cediendo también Cerdeña. La casa d'Anjou se quedó con Nápoles. Subió Federico III en Sicilia; su hermano le hizo la guerra.

Luis IX, el santo.  S XIII

En Francia, Felipe Augusto tiene un hijo  de su primer matrimonio con Isabel de Hainaut, Ese hijo, Luis VII, se casó con Blanca de Castilla a los trece años, sobrina de Ricardo Corazón de León. Se conocían de niños. A los treinta y seis subió al trono pero tres años más tarde murió. Tuvo con Blanca nueve hijos, de los cuales cuatro murieron.

 El futuro heredero, Luis IX, tenía doce años. Blanca fue la regente.  El delfín y futuro Rey era muy religioso y sólo deseaba honrar a Dios; hizo construir hospitales y hacía obras de caridad. Cuidaba él mismo a los enfermos, aún si eran leprosos.

Para devolver Jerusalén a los cristianos, ideó una cruzada sin éxito. El ejército fue diezmado por el hambre y el escorbuto. Su enemigo venció. Luis IX fue cuidado por el médico del sultán y se sanó. No fue un gran militar ni le interesaba serlo. El sultán pidió un alto rescate por el soberano francés y los soldados. Francia ya lo honraba como un santo.

Veinte años más tarde ideó otra cruzada con ayuda de Túnez (antigua Cartago), donde el cristianismo tenían adeptos, gracias al influjo de San Agustín.  Luis IX tenía también un interés económico.  En esa Cruzada Luis IX murió, a causa de una epidemia por el agua contaminada y por el calor sofocante.

Subió Carlos d' Anjou,  que pactó con el sultán y las tropas regresaron a su patria a las órdenes de Felipe III, hijo y sucesor del rey,  que traía en el cortejo fúnebre a  su padre, su mujer, un hermano, una hermana y un cuñado.  Con San Luis desapareció el último gran cruzado. Los cristianos en Tierra Santa regresaron. Dos siglos después, el ideal que sostenían  perdió todo interés. Las cruzadas fueron tragedias. El largo viaje, el calor agobiante, la peste, las epidemias, el difícil regreso, el hambre y la falta de comunicación más la ambición y la falta de moral hicieron imposible defender la cristiandad. Hubo algunos logros; como frenar el avance musulmán; el asalto de los turcos en Europa se atrasó doscientos años.

Lo que fue Alejandro Magno para Asia, lo fueron las cruzadas para la Edad Media, en Occidente: guerras de liberación. Alejandro quiso liberar a los jonios del yugo persa. Los cristianos trataron de liberar Jerusalén de lo infieles. 

Descubrieron en el S XII, en la época de Saladino, que los  sarracenos podían ser civilizados  y  humanos con los enemigos.

La civilización árabe ayudó a Occidente medieval,  logrando adquirir una personalidad diferente. El esplendor helénico regresó a Occidente; los cruzados reactivaron el comercio, que existía  en el Mediterráneo: sólo Venecia quedó inmune; sus hábitos mercaderes lograron conservar amigos entre los pueblos y religiones diversas. (Hasta 1918 quedó la ciudad santa en manos del Islam).

Economía y cultura

Las cruzadas dieron vida al Mediterráneo. Millares  de soldados partían hacia Asia y África. Los italianos trajeron las especies, frutos tropicales, azúcar, seda, algodón y piedras preciosas. A fin de la Edad Media el comercio tuvo un gran esplendor con un tráfico intenso entre China y el Mar Negro.

Desde el S XIII circularon monedas de oro,  florines en Florencia,  ducados en Venecia y Génova; en los siglos anteriores predominaban las monedas de plata.

En Francia, Marsella se estancó. La depresión económica  obligó  a Carlomagno a interrumpir la acumulación en monedas de oro y se volvió al trueque. El oro se guardó para pagar artículos de lujo. Sólo entraba  lentamente por África  y el Norte y España a través  del comercio esclavo.

Esta vitalidad, traída del tiempo de los cruzados, trajo un bienestar material, cultural e intelectual, estimulando las ciencias y las letras. Francia emuló a Sicilia entre el S.XII y XIII y  se sintieron los herederos de la civilización de  la Roma antigua.

Las universidades francesas formaron sus principales maestros y París fue la capital intelectual. En el S XIII fue considerada la “morada de las Musas”.

La antigua civilización romana -junto al aporte fecundo de la civilización árabe  en letras y ciencias- encontró en Francia su lugar. Debe tenerse en cuenta la elevada cultura islámica en España, en el S XIII. 


martes, 4 de enero de 2022

FIN DEL IMPERIO SOVIÉTICO

        



 LA UNIÓN SOVIÉTICA  AGONIZA

Mientras  la URSS se independizaba, sus antiguos estados satélite en Europa central y en los Balcanes, la Unión Soviética entraba en declive.

El proceso  comenzó en 1985,cuando Gorbachov implementó su programa de reformas estructurales, destinadas a mantener al Partido Comunista en el poder.
El prestigio internacional  de Gorbachov se oponía con el descenso de su poder; hasta 1991  fue la figura más importante  política soviética,  pero ya no controlaba los acontecimientos: la popularidad de Gorbachov  fue indestructible:  se desmoronó  en 1990.
Se lo responsabilizaba de  los problemas que asolaban a la entonces poderosa Unión Soviética: la pérdida de los  estados satélites, el deterioro de vida, las presiones separatistas de las repúblicas periféricas y la caída de  la superpotencia.  La política lo atacaba,  los opositores extremistas lo  consideraban un traidor, responsable de la destrucción del imperio de  soviético.

 Los reformistas tenía prisa; Eentre ellos se destacaba Yeltsin, un hombre impulsivo, autoritario, impredecible, terco pero astuto y eficaz  político. En los años 80, Yeltsin fue  el primer secretario del Partido Comunista de Moscú pero, frustrado por la lentitud de las reformas, en 1987  criticó duramente a Gorbachov y fue  destituido. Nunca perdonó que le hubiera degradado de su cargo.  Dos años más tarde, con apoyo popular, fue elegido diputado lo cual le permitió atacar directamente a Gorbachov. Los excesos alcohólicos de Yeltsin quisieron  desprestigiarlo pero los ataques no  menoscabaron  su popularidad. Para los rusos  él, y no Gorbachov,  ofrecía una esperanza  futura  para  el pueblo  y significaba  mejorar su nivel de vida, accediendo a los bienes   que poseían los occidentales. Un indicio  fue en 1990 la comida rápida  McDonald’s en Moscú, cuando los moscovitas probaron  por primera vez un «Big Mac». Para la mayoría  no rusa, el futuro residía en la independencia de Moscú y se acercaba  a los nacionalistas como objetivo  de la total autonomía de  la Unión Soviética. En  la capital de Georgia, la policía y el ejército atacaron  una manifestación de 100.000 partidarios de su independencia, dejando diecinueve manifestantes muertos.
Moscú envió tropas a Estonia, Letonia y Uzbekistán para impedir manifestaciones, pero la presión  de una mayor autonomía era  incontenible mediante la fuerza. El sentimiento antisoviético crecía con rapidez  en especial  en el Báltico. Los  adultos recordaban  los años de la independencia, antes de 1940, cuando los soviéticos se apoderaron de Estonia, Letonia y Lituania. La llegada de inmigrantes de etnia rusa  generó resentimiento,  mientras el  acceso a los canales de televisión escandinavos permitían a los pueblos vislumbrar la prosperidad occidental. En las elecciones  de 1989, en las repúblicas bálticas, los candidatos  pro  independencia recibieron un fuerte apoyo y obtuvieron plazas  como diputados. En marzo Lituania declaró su independencia. Se implantó la antigua bandera nacional y desapareció la bandera soviética. Moscú la consideró inválida. Dos semanas después envió tanques soviéticos, que retumbaron frente al edificio del Parlamento;  horas  más tarde se retiraron sin  abrir  fuego. Lituania fue sometida a un bloqueo económico y le cortaron el insumo de petróleo. No fue el último intento de impedir su separación. 
La Unión Soviética se enfrentaba también  a problemas alarmantes en otros lugares. Desde los años 20, fue una federación de repúblicas autónomas,  dominada por Rusia, construida en torno al principal grupo étnico de cada región. Las tensiones raciales fueron un síntoma del deterioro  de la federación. En junio estallaron graves disturbios raciales, cuando jóvenes  atacaron a la minoría de lengua turca; murieron noventa y cinco personas, hubo centenares de heridos, se destruyeron propiedades  y miles de personas huyeron. Hubo más brotes de violencia en las repúblicas centroasiáticas, con manifestaciones a favor de la independencia nacional en Georgia.  La debilidad  del gobierno soviético  se  manifestó en julio en las huelgas de mineros, en protesta por las condiciones de vida en Siberia occidental y en Ucrania -se calculó 300.000 hombres-, lo cual llevó al Sóviet Supremo a conceder en octubre el derecho a  la huelga.

Un millón de personas se extendió por Estonia, Letonia y Lituania para protestar contra el pacto nazi-soviético de 1939, que  los  anexó a la Unión Soviética. En  1989, la desintegración se acercó al centro de la URSS, cuando el movimiento que reclamaba la autonomía de Ucrania celebró su congreso inaugural en Kiev.
El despliegue del ejército soviético no pudo impedir que en 1990 prosiguieran las tensiones y la violencia en las repúblicas caucásicas y centroasiáticas. En enero de ese año se redujeron  enfrentamientos étnicos donde  murieron cincuenta personas, entre armenios y otros. Cuando las tropas soviéticas acudieron para sofocar los disturbios, se encontraron con la feroz resistencia de los militantes del Frente Popular de la región; restablecido el orden,  se contaron ciento treinta muertos y varios centenares de heridos.
En el Báltico y hubo una creciente hostilidad hacia la minoría  etnia rusa. En  1990, los Parlamentos de Estonia y Letonia, siguieron el ejemplo de Lituania, que un año antes votó por su independencia. Incluso Ucrania  proclamó su soberanía: La Unión Soviética  sobrevivía  apenas. La lucha por la independencia en las repúblicas bálticas planteaba un problema, porque la URSS  no estaba  dispuesta a admitir la derrota.

En  1991, las tropas soviéticas  en Vilna y Riga,  -capitales de Lituania y Letonia-;  trataron de derribar a los gobiernos electos y acabar con la independencia, pero en ambos países la fuerza soviética fue recibida con  protestas populares y hubo derramamiento de sangre; catorce civiles lituanos y cuatro letones murieron y centenares  resultaron heridos.

En Moscú hubo serias  protestas contra la violencia y Yeltsin acabó apoyando  públicamente la autonomía  de esos ex países satélites: no pudo detener lo inevitable. El 90% de los lituanos apoyaban la independencia. En Letonia y Estonia tres de cada cuatro votaron  por la independencia. Antes, el poder militar soviético pudo  aplastar  estas manifestaciones, pero en  el 91 no estaba dispuesta a someter a esos países bálticos por la fuerza.
A medida que los rusos perdían el control, rivalizaba por el poder. El cisma entre reformistas y reaccionarios era más profundo que nunca. Gorbachov no era   tan radical para quienes deseaban llegar  más lejos y más deprisa  en el desmantelamiento de la Unión Soviética. Los reformistas no compartían los mismos objetivos  iniciales. Unos querían el mercado capitalista, mientras  los nacionalistas deseaban más poder e independencia para sus repúblicas.  Yeltsin estaba entre ambos grupos, pero  no  clarificó su posición. Los   cambios que impuso  la Unión Soviética, no fueron  lo suficientemente fuerte como para abatirlos. Gorbachov debía actuar con cautela. No podía satisfacer a  los dos bandos. Su deseo era  mantener la integridad de la Unión Soviética  e incluso favorecía  cambios económicos y políticos. Su objetivo era una democracia social de corte occidental y una economía capitalista; su postura no era  clara; siendo el  secretario general,  los reformistas lo abandonaron, incluso cuando las  decisiones políticas  se inclinaban hacia una socialdemocracia. Aún no se había enfrentado  a una reforma fundamental dentro del sistema soviético.

El Congreso  abolió el monopolio político del Partido Comunista y  reconoció  un sistema político multipartidista. A primera vista, su posición se  fortaleció después de ser elegido  como presidente de la Unión Soviética;  habiendo sido el jefe de Estado de facto,  el nuevo cargo le confería nuevos derechos ejecutivos, pues el Congreso  decidió restarle poder al Politburó. No obstante, su posición se  debilitó, , cuando  Yeltsin fue elegido presidente  convirtiéndose  en el líder de ¾   partes del territorio soviético. Yeltsin otorgó a los intereses rusos una clara prioridad con respecto a la Unión Soviéticacon una drástica reducción fiscal que debilitó a Gorbachov. Yeltsin consiguió el apoyo popular de los nacionalistas  y el respaldo de la élite de los economistas, atraídos por el pensamiento neoliberal sobre el libre mercado, con la esperanza de recibir ayuda  de EE:UU. Los nacionalistas rusos consideraban que las otras repúblicas -salvo Bielorrusia y Ucrania- eran entidades periféricas y no eslavas, cuya  independencia fortalecería a Rusia. A medida que la popularidad de Gorbachov caía, debido a la terrible situación económica, la de Yeltsin,  aumentaba.
En los meses siguientes se produjo la desintegración de la Unión Soviética con  un inminente desplome económico.  En 1991 la producción cayó drásticamente y el déficit presupuestario aumentó de una forma  alarmante. Había escasez de bienes de consumo y de combustible; los precios de los alimentos se duplicaron. No es de sorprender que el apoyo popular a un Gorbachov cada vez más desamparado, cuyos planes de recuperar la economía  resultó un lamentable fracaso se desvaneciera. Según un encuesta de opinión,  el 50%  afirmaba que sus vidas  empeoraron:  solo el 8% pensaba que  mejoraron con Gorbachov.
La amenaza  fue  el ascenso de Yeltsin. Mientras Gorbachov parecía un hombre derrotado que presidía una Unión Soviética fracturada, Yeltsin construía una base de apoyo popular: doscientos cincuenta mil ciudadanos moscovitas desafiaron la fuerte presencia de la policía secreta para manifestarse a favor de Yeltsin; se sentían atraídos por una retórica que destilaba confianza en el futuro  y por la imagen de fortaleza que transmitía,  aún no en condiciones de desafiar la supremacía de Gorbachov. En la primavera se dio cuenta de que le convenía colaborar con Gorbachov en la defensa de un nuevo tratado de la Unión y cuyo  objetivo era aumentar los poderes de las repúblicas soviéticas, mediante  una política económica, donde las cuestiones militares seguirían siendo prerrogativas soviéticas. A Yeltsin  le interesaba promover el poder de  Rusia y fortalecer su posición.
Los enemigos conservadores de Gorbachov se movilizaron. En julio doce personajes importantes  más dos generales firmaron una carta publicada en la cual denunciaban la revés sin precedentes  del  país, sumido en la oscuridad y el olvido. EE.UU le  advirtió  a G sobre una conspiración contra él.  Subestimando el riesgo, Gorbachov puso a Yeltsin a cargo  de Moscú y en agosto abandonó la capital para disfrutar de unas vacaciones en Crimea.
El golpe fue el 18 de agosto. Gorbachov descubrió que  cortaron las comunicaciones telefónicas en la dacha donde pasaba las vacaciones. Tres de los conspiradores acudieron para aconsejarle que entregase  el poder a su vice;  Gorbachov se negó. En Moscú, los líderes del golpe  formaron un Comité  que gobernaría el país.  No bloquearon la red telefónica, ni interrumpieron la transmisión de la televisión por satélite ni detuvieron a Yeltsin ni a otros que seguían siendo leales a Gorbachov.  El Comité de Estado no se rindió y ordenó a los tanques que acudieran. El pueblo desempeñó un papel importante. Multitud de jóvenes moscovitas se  manifestaciones en contra;  murieron tres
manifestantes. A la mañana siguiente Gorbachov regresó de Crimea. Se  mantuvo firme durante la crisis, pero, el golpe lo  debilitó seriamente: se  agotaba su poder. El héroe del momento  era  Yeltsin.
Ese fatídico año Yeltsin suspendió el Partido Comunista Soviético  y en noviembre lo prohibió totalmente.  Anunció un nuevo gobierno,  él como primer ministro, con un programa de reformas económicas radicales, basadas en  la economía de mercado liberal.

Las otras repúblicas del Este y centro   se  opusieron y aprovecharon la  debilidad  soviética para insistir en sus reclamos de independencia. Los estados bálticos encabezaron la lista. Yeltsin reconoció su independencia a los pocos días de asumir.

Ucrania, Bielorrusia  y Moldavia Azerbaiyán, Uzbekistán y Kirguizistán proclamaron su independencia también y otras repúblicas se sumaron en septiembre. La Unión Soviética quedó reducida a Rusia y Kazajistán. En diciembre,  el 90% de los ucranianos respaldó  la declaración de independencia. Una semana después, Rusia, Ucrania y Bielorrusia acordaron disolver la Unión Soviética y formar la Comunidad de Estados Independientes, donde la apariencia de unidad se limitaba a las cuestiones económicas y militares.  Ese mes se le unieron otras ocho repúblicas. Los tres estados bálticos y Georgia,  al igual que Lituania  proclamaron su independencia:  El 24 de agosto, Gorbachov   dimitió como secretario general del Partido Comunista soviético, puesto clave y fuente del poder; transfirió  sus poderes a Yeltsin, como presidente; dos días después entró en el Kremlin
En su último discurso televisado, Gorbachov defendió sus logros: lass reformas  necesarias estaban justificadas; le permitió avanzar hacia la transformación democrática y las libertades liberales. Al poner fin a la guerra fría,  eliminó la amenaza de otra guerra mundial.

Este mensaje fue bien recibido en occidente,  no entre  los soviéticos. La opinión sobre  su gestión estaba  dividida: para muchos Gorbachov  empeoró el nivel de  vida;  puso fin a la guerra fría, capitulando ante Occidente y reduciendo una poderosa superpotencia a una  posición humillante. «Cuando tomó posesión en el Kremlin, teníamos un imperio; seis años más tarde lo perdimos . Nos vendió a Occidente.  Gorbachov sentió un enorme pesar por el derrumbe de la Unión Soviética: su intención fue reformarlo, no destruirlo, declaró.  

El 31 de diciembre de 1991, sesenta y nueve años luego de su fundación y setenta y cuatro años luego de la revolución , la Unión Soviética se extinguió. Fue el experimento político más extraordinario de los tiempos modernos. La Unión Soviética había sido crucial durante la época de la II Guerra Mundial. a un costo de millones de vidas humanas; quedó devastada  por la guerra contra los alemanes; Rusia dominó la mitad oriental de Europa, fue una superpotencia, dejando su huella en la política europea y en todo el mundo.

A partir de Lenin durante la revolución  de 1917 más  la guerra civil  prometió una utopía, basada en la igualdad y la justicia, que solo hubiera funcionado  -a un costo humano  inimaginable- en un vasto país subdesarrollado.

 

FIN DEL IMPERIO SOVIÉTICO

Algunos izquierdistas lamentaron el final de la Unión Soviética; les apenaba el fracaso de lo que  pareció una imagen optimista del futuro, una alternativa a las desigualdades del capitalismo. El sentimiento de pérdida no se limitaba a  la pérdida del imperio y el declive de una gran potencia. El gran historiador  marxista no fue el único intelectual de izquierda en reconocer los defectos del sistema soviético y en confesar que no le habría gustado vivir bajo su égida, pero lamentaba su fracaso. Admiraba a las lamentaciones en Occidente no fueron  más allá de una  pequeña minoría, incluso entre los comunistas occidentales, que se  aferraron hasta el final a la creencia de la superioridad soviética.
Liberales y socialdemócratas no derramaron ni una lágrima, y los conservadores de derecha en Europa occidental y en Estados Unidos se felicitaron por haber ganado la guerra fría. Aplaudieron la postura intransigente de Reagan (respaldada por la «dama de hierro» Margaret Thatcher) hacia el comunismo. la «Guerra de las Galaxias» y  los niveles de gasto militar  demostraron la superioridad económica de Occidente y  pusieron en evidencia la debilidad soviética. No ocultaron su sensación de triunfo por la victoria del capitalismo liberal sobre el socialismo estatal y la libertad sobre la servidumbre. Sintieron un alivio por haber abandonado la guerra fría y por haber eliminado el peligro de un conflicto nuclear.  Mostraron la satisfacción por el derrumbe de un sistema basado en  la opresión y la falta de libertad:   estaban convencidos de que los valores occidentales  triunfaron.  

Este alivio tenía una cara diferente en Europa central y del este.  La población sentía sobre todo alivio de que hubieran acabado al fin los largos años de sometimiento bajo la mano  férrea del dominio comunista. Podían proyectar sus propias identidades nacionales y  albergar esperanzas de beneficiarse de la prosperidad del disfrute de Europa occidental.
El regocijo no duró mucho tiempo. Los antiguos satélites soviéticos  estaban expuestos a los difíciles  ajustes necesarios para incorporarse al nuevo mundo. La euforia pasajera se  aplacó por nuevas adversidades.  Para  Europa occidental, la caída de la Unión Soviética se prolongó demasiado tiempo para que la caída  de la ideologia provocara un estallido de alegría.

Otros problemas en Europa occidental  ocupaban su atención,  entre ellos la guerra en el golfo Pérsico de 1990-1991, que siguió a la crisis desencadenada por la invasión iraquí  a Kuwait.

En Occidente, la euforia por el desplome del comunismo había llegado  en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín.

El declive de la Unión Soviética dejó una cesura histórica, un trascendental punto de inflexión: el 27 de diciembre de 1991 Gorbachov anunció por televisión su dimisión como dirigente de la Unión Soviética.  Los dos enormes conflictos que caracterizaron esa época fue el capitalismo y el comunismo finalizó. El “bolchevismo -como Winston Churchill  pronosticó en 1918:  “se había suicidado”.»
Desde 1991, Europa era un continente diferente; no estaba dividida por el Telón de Acero, pero el fin de la escisión del continente que duro decenios no significaba la unidad.  Europa pasó a estar dividida en cuatro grupos distintos.  Ya no existía una división ideológica fundamental, pero las diferencias entre los grupos no eran insignificantes. El primer grupo estaba compuesto por los países de la Comunidad de Estados Independientes (Rusia, Ucrania, Bielorrusia y otras ocho ex repúblicas soviéticas). Carecían de la base tradicional democrática pluralista, de  autonomía legal,  de  estructuras eclesiásticas, de sindicatos y de una prensa libre que diera  lugar a  una libertad civil, ajena al control del estado. En medio de la confusión frente a la desintegración del régimen que durante casi setenta años dominó Europa oriental, las ex repúblicas soviéticas recurrieran a  presidentes fuertes como Yeltsin en Rusia y otro más dictatorial  en Bielorrusia.

La historia y  la geografía separaban  a Europa en dos mitades que  avanzaban por  caminos distintos.
Al otro extremo estaban los países de Europa occidental; la partida  de la Unión Soviética -tras la unificación alemana- significaba que de repente se  abriera la posibilidad de una unidad europea, más allá de las fronteras tradicionales occidentales y de los pocos países que  conformaban la Comunidad Europea.

Era necesario replantear la integración europea para garantizar una Alemania  unida a occidente,  para que  -en un futuro- los países liberados del control soviético se  incorporaran a la  integración europea, extendiendo la alianza militar del oeste hasta  los países del Este.  La OTAN   que ya no tenía razón de ser, sin  el Telón de Acero y el pacto de Varsovia, dejó de existir.
El tercer grupo eran los países  agrupados como «Europa Oriental.» Polonia, Checoslovaquia y Hungría  poseían un fuerte sentimiento de identidad nacional; jamás se  consideraron parte de la «Europa del Este»; siempre se  mostraron como el núcleo de Europa central, con fuertes lazos culturales con Austria y Alemania, vínculos que se extendían hacia el oeste, en lugar de hacia Moscú. Estos países tuvieron la oportunidad de reconstruir sus identidades, sus tradiciones democráticas y su vitalidad cultural. También sentían la fuerte atracción de la prosperidad europea, su economía y cultura: aspiraban a reincorporarse a la Europa occidental de la cual durante tres décadas  quedaron aislados.
Los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) formaban parte de Europa oriental, pero también compartían con los países de Europa central antiguas tradiciones de independencia nacional, pese a la brevedad de sus frágiles democracias de entreguerras. Albergaban un resentimiento profundo por la anexión soviética de 1940 y  lucharon con vehemencia para restablecer su independencia; miraban hacia  la OTAN y  la Comunidad Europea,  para protegerse contra cualquier futura intrusión. Rusia recelaba de cualquier ampliación  de la OTAN.
En el sureste de Europa, el mundo postsoviético dejó otra constelación. En Bulgaria y Rumania, el régimen comunista fue sustituido por  una pseudo democracia.  Hubo demasiada corrupción, la pobreza estaba radicada y las estructuras  de la sociedad civil  permitió una transición a una democracia liberal, que se desempeñara correctamente: el poder seguía en manos de los antiguos regímenes. Estos países  envidiaban la prosperidad de la Comunidad Europea,  aunque formar parte de ella era un anhelo a largo plazo, sobre todo para Albania, donde el régimen comunista se  mantuvo hasta 1992: la corrupción, la delincuencia y el legado de decenas de años de autoritarismo  hicieron que fuera el país más pobre de los ex estados comunistas europeos.  Difícil albergar esperanzas de integrarse a la Comunidad Europea.

Yugoslavia nunca  perteneció al bloque soviético.  las tensiones aumentaron desde la muerte de Tito en 1980,  con progresivos problemas económicos,  que agravaron el inicio del conflicto étnico,  en 1989, cuando Yugoslavia se desintegró y los problemas empeoraron con consecuencias aterradoras.

El fin de la Unión Soviética y de la guerra fría cambió la política mundial.  Gorbachov se  aseguró en los últimos años  que la URSS colaborase con Estados Unidos para solucionar viejos conflictos en África con Etiopía, Mozambique, Angola y Namibia. Convenció al Congreso de Sudáfrica para que negociara con el régimen del apartheid  tan combatido. El último jefe de Estado de la Sudáfrica del apartheid, fue el presidente F. W. de Clark, que aceptó negociar, sin contar con la ayuda soviética, al disiparse la amenaza del comunismo en África meridional. La liberación en 1990 de Nelson Mandela, encarcelado por veintisiete años y aplaudido internacionalmente como el símbolo de la oposición del apartheid sudafricano.

Con el derrumbe de la Unión Soviética, varios estados africanos (y Cuba en América Latina) perdieron un protector y la  ayuda económica. Les esperaba  desde ahora una mayor exposición a las exigencias de una economía globalizada que se propagaba velozmente.
 La caída de la Unión soviética después de la II Guerra hizo que EE:UU pasará a ser  la única potencia  mundial.
China desafiaría este dominio,  así como  Rusia. Estados Unidos fue el vencedor en la crucial guerra fría y  la paz americana otorgaba seguridad a gran parte de los países del mundo.  Sin embargo, la guerra  regresó en ese mismo continente europeo.
El final de la guerra fría generó grandes expectativas; era un tiempo de nuevos comienzos en Europa. Esto era más evidente en los antiguos países comunistas, donde comenzaban a tomar forma sistemas económicos liberales y gobiernos democráticos; pero también Europa occidental experimentó importantes novedades con la creación de la Unión Europea y las iniciativas para crear una moneda común. Mientras tanto, la disolución en el 91 de la estructura militar del pacto de Varsovia alentó la esperanza de una paz duradera y  los dirigentes políticos se centraron en fortalecer la integración, una posibilidad de una Europa unida por un interés común, la paz, basada en gobiernos democráticos y una prosperidad compartida parecía estar al alcance de la mano. En ningún lugar eran mayores las esperanzas que entre los pueblos de Europa central y oriental de que, tras la caída del comunismo, no tardarían en disfrutar de la prosperidad ya generalizada en la mitad occidental del continente.
Sin embargo, los años de transición de la primera mitad de la década de los noventa resultaron más difíciles de lo que, en plena euforia inicial, nadie había previsto. Solo mediada la década la situación empezaría a ser alentadora. Cuando a principios de los años noventa muchos se atrevieron a soñar con la llegada inminente de un mundo mejor, una gran sombra se volvió a cernir sobre el continente. A principios de la década, la guerra regresó a Europa.





ALEMANIA UNIDA

 En Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania la transición democrática fue  una cuestión de satisfacer las necesidades de sus ciudadanos, aflojando los lazos con la Unión Soviética. El camino  estaba sembrado de obstáculos.  Se desarrolló dentro de las fronteras nacionales establecidas; excepto en  Checoslovaquia,  que permaneció inalterable, tras el posterior «divorcio de terciopelo» en 1993, cuando Checoslovaquia se dividió en  dos estados: La República Checa y Eslovaquia; las fronteras  continuaron siendo las mismas. 

La transformación de un régimen comunista en una democracia liberal creó problemas;  exigieron la intervención de potencias internacionales, que aprobaron  esa alteración de la geopolítica europea.  No hubo conflictos territoriales entre alemanes y polacos o entre húngaros y rumanos.  Las fronteras se consolidaron en Europa central desde 1945.
En el caso de la RDA  fue diferente. La unión de las dos Alemanias -impuestas por los aliados  victoriosos, al final de la segunda guerra mundial, tenía  consecuencias internacionales.
Tras la caída del Muro, la ciudad seguía  dividida y controlada por los aliados, pero en la práctica el fin de la división de Berlín se percibía, aunque se desmantelaron los controles fronterizos recién en julio de 1990.

El Muro se destruyó.  Luego de veinticinco años se podía pasar de oeste al este y viceversa:  una multitud atravesó la Puerta, bajo una lluvia intensa  que avanzó  hasta el centro de Berlín Oriental. En la parte occidental aparecieron decenas de vendedores ambulantes. Sin embargo, en Berlín Oriental  la celebración del primer paseo bajo la Puerta de Brandeburgo  fue sobria.

El desequilibrio económico entre las dos partes del mismo país fue un factor decisivo; ya existía antes del  Muro, cuando  el   éxodo   de trabajadores  pasaba a Alemania Occidental; con el  muro pudieron poner fin en parte al éxodo.

Al acceder a los programas de  televisión  del oeste, promocionando  el consumo, comenzaron a gritar «Patria alemana unida,» indicando que la mayoría no consideraban a RDA  un país extranjero; se sentían identificados con los alemanes del oeste, como un país único. El 70%   deseaban la unión pues eran  pobres en comparación. Pero mientras no cambiara el valor de la moneda de Alemania Oriental, sería imposible mejorar su nivel de vida. Cualquier alteración dependía de la relación  entre ambas partes; se debía tomar decisiones.

Estados Unidos y la Unión Soviética eran críticos en esta  ecuación tan compleja. Las iniciativas llegaron del canciller  H. Kohl. Nadie preveía una unificación veloz, ni siquiera después de  la apertura del Muro.  

H. Kohl presentó un «plan de diez puntos» para avanzar con  la unificación. Mencionó estrecha colaboración, cualquier transformación  debía ajustarse en  conjunto». Alemania  era ahora un estado único. Kohl insinuaba que la federación tardaría años en madurar.

La unificación suscitó consternación  en Europa occidental y también en Moscú.  George Bush, que  en el 89 sucedió a Reagan, vio con  satisfacción la posibilidad de una  reunificación, siempre  que –unificada- permaneciera en la OTAN. Esta idea alarmaba a Moscú y  provocó un rechazo a cualquier posibilidad de unirse.
En diciembre de ese año Bush y Gorbachov celebraron una cumbre en Malta.  Llegaron a un acuerdo para fomentar  la cooperación entre las dos superpotencias. La reunión de ambos líderes fue trascendental pues  marcó el fin  de la guerra fría.  En sus conferencias de prensa Gorbachov declaró que cualquier incremento artificial entorpecería los cambios en Europa del Este, refiriéndose a los expulsados de las antiguas provincias de Alemania Oriental, que posteriormente  formaron parte de Polonia: la petición de los soviéticos era  la frontera oriental de Alemania. Mitterrand, el  primer ministro de Italia  Thatcher  y el ministro holandés expresaron su oposición. Ese año,  en una reunión,  Thatcher y Mitterrand  alegaron que, tras la unificación, solo una Unión Europea con una moneda común podría contener el poder de una Alemania unida. Sin embargo Gran Bretaña   rechazó la moneda única.

La II Guerra Mundial  peleó para destruir el poder alemán y la unión amenazaba revivirlo. Otros  líderes europeos eran más abiertos, siempre que se garantizaran las fronteras y los acuerdos de seguridad vigentes. El momento decisivo llegó  con el  acuerdo entre Francia y Alemania Occidental. Kohl calmó la situación,  confirmando que  Alemania se uniría a la integración europea.

Mitterrand y Kohl   llegaron a un acuerdo sobre el ambicioso plan  que finalizaría en  la  Comunidad Europea. El presidente francés  estaba impaciente por vincular Alemania con una Europa occidental integrada. Kohl, discípulo de Adenauer, era consciente de las ventajas para los alemanes de continuar vinculada a Occidente,  a fin de  desactivar la tensión internacional;  estaba dispuesto a sacrificar el marco alemán, símbolo de la prosperidad económica  alemana de posguerra.
Kohl  declaró que su  objetivo era la unión de la nación. En diciembre,

se eliminó de la Constitución la cláusula, que preservaba el liderazgo del partido comunista en la zona oriental.

Las elecciones para un nuevo Parlamento pluralista se realizaron en 1991. Entre la destrucción del Muro y fines del 89 emigraron  unos 120.000  alemanes de la parte oriental.

 Gorbachov  cambio de opinión sobre la unificación alemana, pues se enfrentaba  con  múltiples dificultades en su  país: la unión alemana requería un acto de valentía política. Gorbachov reconoció el derecho de los alemanes a unirse en un único estado. El dirigente  oriental le comunicó a Gorbachov que la mayoría de la población   apoyaba la idea: “La presión a favor es tan fuerte, que  el proceso se volverá incontrolable: no seremos capaces de cambiar  el curso de los acontecimientos”. Alemania unida podía pertenecer a la OTAN. La Unión Soviética y Gorbachov rechazaron esa idea.

Los alemanes  orientales proponían la neutralidad militar de ambas partes, mientras  avanzaban hacia la federación; Gorbachov  no aceptaba ni siquiera esta solución.  Busch  y el canciller Kohl  afirmaron que  la OTAN debía ampliarse para garantizar la seguridad de toda Alemania, lo cual provocó malestar en Rusia y en la UE. Gorbachov no esperaba que el pacto de Varsovia se desmoronara  tan velozmente; terminó  aceptando  que  Alemania unida eligiera  si  deseaba adherirse a la OTAN;  mostraba  el debilitamiento de la Unión Soviética: su economía  necesitaba  urgentemente ayuda financiera. Alemania estaba dispuesta a ofrecer créditos financieros.

Kohl visitó Moscú. La Unión Soviética recibió las siguientes garantías: Alemania renunciaría para siempre a poseer armamento nuclear -químico o bacteriológico- y  no conservaría más de 370.000 soldados.

Kohl accedió a  pagar los costos del retiro de las tropas soviéticas y su re-ubicación en la URSS: en total eran  doce mil millones de marcos más tres mil millones  en créditos. 

A Gorbachov le sirvió  para construir las buenas relaciones cruciales a largo plazo del futuro de Europa. Los soviéticos consideraban la unión de Alemania una traición imperdonable para los intereses de la Unión Soviética.
Quedaba pendiente un punto: La República Federal nunca  abandonó su objetivo de regresar a las fronteras de 1937, que incluían zonas occidentales de la Polonia de posguerra. El tema se abordó  en  marzo, cuando el Parlamento  alemán Occidental renunció a cualquier  reclamo de las antiguas provincias orientales y confirmó  la frontera  oriental en la línea Óder-Neisse, lo cual se ratificó en el tratado entre Polonia y  Alemania en  1991.

 Un año antes, la República Federal dejaría de proporcionar ayuda económica  y, sin esa ayuda, la  moribunda economía de Alemania Oriental estaba condenada.  Kohl convenció a su gobierno para que  el marco  occidental se convirtiera en la moneda  nacional, aún con sus grandes desventajas económicas.  Rescatarían  -a un costo  enorme- una economía en bancarrota,  con drásticas pérdidas económicas y sociales. Muchos,  recién llegados de la zona oriental perderían sus empleos, al  cerrar las industrias estatales rusas: la producción industrial cayó el primer año el 51% . Los socialdemócratas y los sindicatos querían   evitar  una economía  oriental competitiva, con  una pesada carga financiera para la zona occidental. El canciller percibió las ventajas a acordar; se oyeron quejas. Se agravó la situación con el despido masivo de maestros, investigadores, científicos, profesores universitarios y profesionales, vinculados con el régimen de la parte  Oriental;  cuando se nombró a alemanes occidentales para  reestructurar  la política  y  la economía, muchos alemanes   se sintieron ciudadanos de segunda clase en su país.
La RDA  buscó una vía rápida de unificación. Los alemanes orientales votaron por la abolición de su propio estado. El atractivo del marco alemán fue el factor decisivo. Los dirigentes desempeñaron papeles cruciales en la campaña electoral:  Kohl fue  reelegido y  obtuvo la victoria del marco alemán occidental; triunfó con un 48% de los votos; una tercera vía  quedaba  enterrada.

El socialismo no  cumplió con lo  prometido; fue el veredicto de una multitud resentida: el futuro  no estaba en el sistema fallido del socialismo marxista-leninista. El imán era la prosperidad con sus libertades y su economía pujante. Desde las elecciones de marzo hasta la unión, el camino fue breve y bastante directo. El paso decisivo fue el único marco   legal en ambas partes de Alemania. El tipo de cambio acordado fue  de ocho a uno  (el antiguo tipo de cambio en el mercado negro), que  se aplicó a los ciudadanos de la RDA con empleo, pensiones o ahorros de cuatro mil o seis mil marcos para los mayores de sesenta años. Los ahorros más elevados y deudas empresariales se cambiaban a un tipo de 2 a 1. A corto plazo, quienes poseían ahorros podían disfrutar de viajes al extranjero o comprar objetos  fuera de su  alcance; se convirtió en  una novedad para muchos; el modo de vida protegida  que les  proporcionaba el sistema comunista se acabó; el comunismo garantizaba el empleo, por  poco productivo que  fuere. Los trabajadores y sus familias  pasaron a estar expuestos al mercado. 

La economía  oriental no era  competitiva: una tercera parte de su industria podía quedar sin subsidios. Durante los cuatro años siguientes fueron privatizadas miles de empresas estatales de la zona oriental,  absorbiendo más de trece mil empresas con cuatro millones de empleados. La mayoría pasó a ser subsidiaria con  poco valor. Los precios de venta eran bajos y lograr hacerlos  rentables fue  lento: perdiendo más de 250.000 millones de marcos. La inversión privada  era  insuficiente,  pues soportó  gran parte de la carga financiera de esa unión bilateral, necesitando un colosal programa de inversiones. Las carreteras en mal estado, el ferrocarril,  los puentes,  el  arruinado sistema telefónico precisaban una renovación urgente, al igual que  los enormes gastos sociales por el desempleo y los servicios sociales. Durante los tres años antes a la unificación, el gobierno  de la RDA gastó   350.000 millones de marcos, lo cual condujo a un sideral aumento de la deuda pública  más los costos de financiación.
Similar a  Polonia,  la transición llevó a un fuerte choque económico, asegurado por las condiciones de la unidad monetaria  y velocidad de las privatizaciones. Como consecuencia de la unificación, la economía  estuvo expuesta a una liberalización más radical. Los alemanes orientales podían contar con los enormes subsidios de  la parte occidental.

Desde 1991, los sueldos de los alemanes ayudaba a financiar la transición en Alemania Oriental, contribuyendo  a los gastos de la primera guerra del Golfo, llegando  a unos 15.000 millones de euros anuales, con gran  desencanto de gran parte de la población-; los gastos económicos y sociales eran abrumadores. Pese a los recelos de París y de Londres, ni  Alemania ni  el extranjero   retrocederían.

El 31 de agosto de 1990 las dos Alemania firmaron un tratado para resolver los problemas técnicos. Fue un momento de  trascendencia única para este país y  también para Europa   por sus repercusiones.

 Marcó el fin simbólico de una época, donde el estado nación   infligió un sufrimiento y una destrucción inimaginables en Europa y muchos otros países. Dividida durante cuarenta años,  contribuyó a la construcción de los pilares de una nueva Europa, basada en la paz, la prosperidad y la estabilidad.

 

 

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